El contexto
Su fotógrafo era excelente, y los novios lo sabían: la ceremonia y los retratos serían preciosos. Pero TAMBIÉN querían el resto: el día visto por sus invitados, los entresijos, las risas locas en las mesas, y sobre todo las notitas que acompañan una foto tomada con el corazón.
El problema
En Instagram, todo era efímero: historias preciosas, desaparecidas en 24 horas, nunca etiquetadas, imposibles de reunir.
En WhatsApp era peor: la abuela no se aclaraba, los vídeos llegaban cortados o con la calidad degradada, y los archivos se perdían entre las conversaciones. Recuperar el material del día más bonito de su vida se estaba convirtiendo en un trabajo a tiempo completo.
La solución
Una tarjeta con un código QR en cada mesa, anunciada una vez por el DJ. Tres pasos para cada invitado: escanear, elegir sus fotos y vídeos, enviar. Sin aplicación, sin cuenta: la abuela le pilló el truco tan rápido como los testigos.
Cada uno podía añadir un pie de foto a sus envíos y dejar unas palabras en el libro de firmas, con un selfie.
El resultado
Los novios recuperaron toda su boda: las fotos del fotógrafo para el arte, las de los invitados para la vida, con los comentarios de cada uno. Los vídeos llegaron en calidad original, completos.
Y el libro de firmas digital, vinculado a las caras, se convirtió en su objeto favorito: las palabras de todos los que estuvieron allí, para releer para siempre.
« Las fotos del fotógrafo son preciosas. Pero las de nuestros invitados, con sus palabras, es nuestro día contado por quienes queremos. »